CARTA
ABIERTA DE MILTON FRIEDMAN A WILLIAM BENNET DE LA OFICINA NACIONAL PARA
EL CONTROL DE LA DROGA DE ESTADOS UNIDOS
En las elocuentes
palabras de Oliver Cromwell. "Desde las entrañas de Cristo,
le suplico pensar que es posible que usted esté equivocado"
acerca del curso que usted y el presidente Bush nos urgen que adoptemos
en la lucha contra las drogas. El camino que usted propone de más
policías, más cárceles, el empleo de las fuerzas
armadas en países extranjeros, penas más duras para los
usuarios de drogas, y una completa gama de medidas represivas, pueden
convertir una situación mala en una peor. La guerra contra las
drogas no puede ganarse con esas tácticas sin desconocer la libertad
humana y las libertades individuales que usted y yo veneramos.
Usted no está equivocado en creer que las drogas son una maldición
que está devastando a nuestra sociedad. Usted no está
equivocado en creer que las drogas están destruyendo el tejido
social, arruinando la vida de muchos jóvenes e imponiendo un
pesado costo a los más desfavorecidos de nuestra sociedad. Usted
no se equivoca en creer que la mayoría del público comparte
sus preocupaciones. En pocas palabras, usted no está equivocado
en el fin que trata de lograr.
Su error está en no reconocer que precisamente las medidas que
favorece son la principal causa de los pecados que deplora. Por supuesto
que la demanda es el problema, pero no sólo la demanda, sino
la demanda que opera a través de la represión y de canales
ilegales. La ilegalidad da lugar a obscenas utilidades que financian
tácticas homicidas de los jefes de la droga; la ilegalidad conduce
a la corrupción de funcionarios encargados de aplicar la ley;
la ilegalidad monopoliza los esfuerzos de los funcionarios honestos
de manera que no cuentan con recursos para combatir crímenes
más simples como el robo, el hurto y los asaltos
.
Las drogas son una tragedia para los adictos. Pero criminalizar su uso
o consumo convierte esa estrategia en un desastre para la sociedad,
para los usuarios y los no usuarios. Nuestra experiencia con la prohibición
de las drogas no es sino una réplica de nuestra experiencia con
la prohibición del alcohol.
Adjunto parte de un artículo que escribí en 1972 titulado
"La Prohibición y las Drogas". Para ese entonces el
mayor problema era la heroína procedente de Marsella; hoy lo
es la cocaína de Latino América. Hoy, también,
el problema es mucho más serio que el de hace 17 años:
más adictos, más víctimas inocentes, más
vendedores de drogas, más funcionarios encargados de aplicar
la ley; más dinero gastado en la aplicación de la prohibición,
más dinero empleado en eludirla.
Si las drogas hubieran sido descriminalizadas hace 17 años, el
crack nunca hubiera sido inventado (lo fue porque el alto costo de las
drogas ilícitas volvieron rentable una droga menos costosa) y
hoy tendríamos menos adictos. Las vidas de miles, posiblemente
cientos de miles de víctimas inocentes se hubieran salvado y
no sólo en los EE.UU. Los barrios pobres (ghettos) de nuestras
principales ciudades no serían tierra de nadie, infectada por
el crimen y las drogas. Menos personas estarían en las cárceles
y menos cárceles habría habido para construir.
Colombia, Bolivia y Perú no estarían sufriendo el narcoterrorismo
y nosotros no estaríamos distorsionando nuestra política
exterior. El infierno, en las palabras con las que Billy Sunday aclamó
la prohibición del alcohol, no "estaría para ser
alquilado", pero sí estaría mucho más vacío.
La descriminalización de las drogas es hoy todavía más
urgente que en 1972, pero debemos reconocer que el daño causado
en el entretanto no puede ser borrado, por lo menos no inmediatamente.
Posponer la descriminalización sólo empeorará el
problema y lo hará menos tratable.
El alcohol y el tabaco causan más muertes a quienes los usan
que las drogas. La descriminalización no nos impedirá
regular las drogas como ahora lo hacemos con el alcohol y el tabaco:
prohibición de vender drogas a los menores, prohibición
de hacerles propaganda y medidas similares. Estas medidas pueden hacerse
cumplir, mientras que la prohibición total no. Más aún,
si sólo una fracción de lo que se gasta en tratar de hacer
cumplir la prohibición de las drogas se empleara en tratamiento
y rehabilitación a los adictos, en una atmósfera de compasión
y no de castigo, la reducción en el uso de las drogas y en el
daño causado a los usuarios sería dramática.
Este ruego sale de lo más profundo de mi corazón. Todo
amigo de la libertad, y yo sé que usted es uno de ellos, debe
estar asqueado como lo estoy yo ante la perspectiva de convertir a EE.UU
en un campo armado, por la visión de cárceles llenas de
usuarios ocasionales y de un ejército de funcionarios facultados
para invadir la libertad de los individuos con sólo una evidencia
débil. Un país en donde seriamente se considere como táctica
en la guerra contra las drogas el disparar contra aviones sospechosos
y bajarlos, no es la clase de EE.UU que usted o yo quisiéramos
legar a las futuras generaciones.