POLÍTICAS DE DROGAS 2003: UNA AGENDA CONTRA LA GUERRA
Gustavo Hurtado


"Los límites de la acción en el ámbito de las drogas están marcados, como en muchos otros campos, por el delineamiento de las relaciones políticas que prevalecen en el mundo."
Ketti Bruun, Lynn Pan e Ingemar Rexed, The Gentle-men's Club (1975)
 

Introducción
Abril de 2003 no es cualquier fecha para los antiprohibicionistas. No lo es para los europeos y tampoco debiera sernos indiferente a los latinoamericanos. Desde el 8 al 17 de ese mes tendrá lugar en Viena una reunión donde se avanzará en lo que se conoce como una revisión de mitad de periodo de los resultados de la Sesión Especial sobre Drogas de la Asamblea General de las Naciones Unidas (UNGASS, en inglés) de junio de 1998. Esto es, una nueva oportunidad para que los representantes de los estados signatarios de las convenciones y tratados internacionales sobre control de drogas examinen en profundidad la política global que en esta materia han venido sosteniendo.

Revisión de mitad de período en este caso significa analizar y evaluar los resultados concretos para verificar en qué medida se ha avanzado en el cumplimiento del objetivo estratégico que los gobiernos se fijaron en aquella oportunidad: "Un mundo libre de drogas - ¡Podemos hacerlo!".

En términos de los representantes del país que convocó originariamente a la UNGASS del '98, esto implica, según se encargó de recordarlo en su discurso de apertura al 46° periodo de sesiones de la Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas la viceministra de Asuntos Exteriores de México, Patricia Olamendi, que "en este período de sesiones habremos de ser muy críticos acerca de esos ambiciosos objetivos (...) Ante todo, debemos ser honestos y nada auto-complacientes. Reflejar en nuestros informes avances donde no los hay neutraliza los logros que genuinamente pudiéramos haber alcanzado".

Visto desde América Latina, dado lo megalómano de la consigna-objetivo impuesta en la UNGASS de 1998, no habría mucho para revisar. Todos los habitantes del continente coincidiríamos, sin mayores ajustes, con el diagnóstico dado en su momento por Juan Tokatlian: "Hoy se consiguen en todo el hemisferio, más drogas, de mejor calidad, de mayor pureza y a precio menor que hace dos décadas. Hoy proliferan, a lo largo y ancho del continente, poderosas mafias que, en varios casos, ya superan en poder a los Estados, y que controlan amplias regiones en diferentes países. Hoy el negocio de los narcóticos genera, de Alaska a la Patagonia, más rédito económico, influencia social y aceptación política que hace tres lustros. Hoy se ha incrementado, desde Washington hasta Buenos Aires, la violencia urbana ligada al emporio de las drogas."

Diagnóstico éste que tampoco demandaría demasiado esfuerzo hacer extensivo a la inmensa mayoría de los países de Europa y a un número no despreciable de países asiáticos y de Oceanía. Tanto es así que las cifras que la propia ONU difunde indican que el consumo de cannabis, heroína, cocaína, éxtasis y otras drogas ilícitas no sólo no ha disminuido en este período sino que, por el contrario, se ha disparado, mientras que el precio al por mayor y al menudeo ha decrecido y la pureza de las mismas ha aumentado sensiblemente (en Europa, al menos). La misma ONU nos informa que, en lapso similar, la amplitud del negocio de las drogas ilícitas continúa creciendo persistentemente, sin que se acierte con una política que contenga realmente una estrategia contra los narcotraficantes, la parte que condensa los eslabones más fuertes y desconocidos de la cadena.

Sin embargo, la coincidencia en el diagnóstico no conlleva naturalmente una análoga opinión a la hora de identificar los motivos por los que se ha llegado a la situación actual.

En Drogas y Conflicto N° 5 de junio del 2002 de, publicación periódica del Transnational Institute (TNI), se analizan las posibilidades y obstáculos actuales para un cambio en el control internacional de drogas. Se trata de un par de artículos concebidos por los editores como "una contribución para evitar que la revisión de mitad de periodo de UNGASS no constituya otra oportunidad para evaluar que se pierde". En el primero, "Hora de avanzar - Polarización y parálisis en la política global de drogas," de Martin Jelsma, se puntualizan las directrices cada vez más discordantes en las políticas globales sobre drogas. De un lado, Estados Unidos. Del otro, Europa y una serie de países. De un lado, la Guerra contra las Drogas y la Tolerancia Cero. Del otro, un rumbo más elástico y pragmático para las políticas de drogas locales, alejado de la represión indiscriminada y de la ausencia de estrategias socio-sanitarias eficaces.

La hipótesis de Jelsma es que la polarización de estas dos tendencias ha paralizado a la ONU y sus institutos de control sobre la política global de drogas: tanto el Programa de las Naciones Unidas para la Fiscalización Internacional de Drogas (PNUFID) como la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), a los que somete a un riguroso análisis de su comportamiento en los últimos años.

Por su parte, en "Hábitos de un hegémona: Estados Unidos y el futuro del régimen global de prohibición de las drogas" , David Bewley-Taylor indaga el progresivo fastidio europeo con el régimen de control de drogas de la ONU. Describe cómo los esfuerzos individuales de varios países por introducir medidas de reducción del daño o por desincriminar algunas conductas -del tipo de la tenencia de estupefacientes para consumo personal-, por más que sean ambas acciones que operen dentro de los términos legales del régimen de prohibición global de las drogas, han tocado techo, dejando al descubierto el hecho de que las Convenciones Internacionales sobre Estupefacientes continúan siendo todavía el más poderoso obstáculo para la adopción de políticas locales y regionales menos onerosas y más pragmáticas.

Bewley-Taylor se pregunta qué hacer con este obstáculo, e indaga diferentes posibles posicionamientos de un país o de un bloque de países frente a las Convenciones Internacionales sobre Estupefacientes que van desde el promover el consenso para avanzar en modificaciones sustanciales del contenido, hasta el desconocimiento liso y llano de dichos acuerdos internacionales.


Estados Unidos y los tratados internacionales
Si compartimos la hipótesis de que el principal obstáculo para cualquier país a la hora de plantearse seriamente la modificación de su política pública en relación a la cuestión drogas lo constituyen las Convenciones Internacionales sobre Estupefacientes, es el momento de preguntarse cómo se vienen comportando las últimas administraciones de los Estados Unidos en materia de tratados multilaterales. Sobre todo, la actual administración de George Bush (h), con su política de 'América Primero' y de desconocimiento de los acuerdos multilaterales en relación a la Corte Penal Internacional, a la Conferencia Internacional sobre el Racismo, a la Conferencia Mundial sobre el Desarrollo Sustentable, al Tratado de Misiles Antibalísticos y al Tratado de Kyoto sobre Cambio Climático, por un lado, y a la prepotencia belicista de ignorar a las Naciones Unidas en su cruzada contra Sadam Hussein en Irak.

Actitud unilateral que remite a lo que Ignacio Ramonet denomina el período cínico de los Estados Unidos, abierto con posterioridad a los atentados a las Torres Gemelas del 11 de setiembre de 2001. Desde entonces, pareciera que Estados Unidos le dice a todo el mundo: "Nos han acusado de ser un imperio. Seamos un imperio. Comportémonos como un imperio." Hay que entender, como él mismo nos señala, que "un imperio no tiene aliados, sólo tiene vasallos. Y trata a sus vasallos como tales. Y están dispuestos a jugar con esto. El equipo de extrema derecha que rodea a Bush tiene hoy la idea de que puede comportarse así, y que, en definitiva, el mundo lo aceptará".

Este contexto de unilateralismo norteamericano, en relación a la actitud que pudieran adoptar algunos países respecto de las Convenciones Internacionales sobre Estupefacientes, ampliaría el campo de maniobra. Al decir de David Bewley-Taylor: "El hecho de que Washington haya abandonado la actitud multilateral en varias áreas internacionales clave ha acentuado lo que Bruce Cronin llama la Paradoja de la Hegemonía: la tensión entre las responsabilidades multilaterales de una fuerza hegemónica, y su deseo y capacidad material de actuar unilateralmente. Aunque esto representa en sí mismo un problema, tal paradoja socava en buena medida la capacidad de Washington de actuar como el ejecutor del aparato de control de drogas de las Naciones Unidas."

Sin duda, fue el retiro unilateral de Estados Unidos de la convención para establecer una Corte Penal Internacional y todas sus acciones para desactivarlo e impedir que entre en vigencia, el que colocó al país del norte en una situación muy delicada, ya que fue una forma bastante directa de desconocer la Convención de Viena sobre la Ley de los Tratados. Varios autores citados por Bewley-Taylor recuerdan que, aun sin tener intenciones de ratificar parlamentariamente un tratado, según la Convención de 1969 un país que lo ha firmado está absolutamente impedido de promover acciones o pactos bilaterales que vayan en contra de ese tratado.

La Corte Penal Internacional tiene por objeto evitar que quienes cometen actos de genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra queden impunes. Las Naciones Unidas vienen promoviendo su constitución desde el encuentro de Roma de 1988. Los argumentos utilizados por los Estados Unidos para no ratificar el Estatuto de Roma sobre la Corte Penal Internacional los encontramos en las palabras que Marc Grossman, Subsecretario de Estado para Asuntos Políticos utilizó en su discurso ante el Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington DC, el 6 de mayo de 2002, el mismo día en que la misión de USA ante Naciones Unidas notificó al Secretario General de la ONU, en su calidad de depositario del Estatuto de Roma, la decisión del presidente Bush. Grossman enumera las cinco razones que sustentan tal decisión:

a.- La Corte Penal Internacional es una institución con poder ilimitado.
b.- El tratado aprobado en Roma diluye la autoridad del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
c.- El Tratado amenaza la soberanía de los Estados Unidos.
d.- La actual estructura de la Corte Penal Internacional menoscaba los derechos democráticos de nuestro pueblo y podría erosionar los elementos fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas.
e.- Debemos garantizar que nuestros soldados y funcionarios gubernamentales no queden a expensas de cualquier posible procesamiento o investigación de tinte politizado.

Grossman no podía decirlo más clarito: Estados Unidos no está dispuesto a reconocer, en la arena internacional, a ninguna corte que intente juzgar su política imperial ni someter al estado de derecho a quienes la ejecutan, sin importar el tipo de crímenes que cometan . Para ello no sólo se retiraron del tratado internacional, sino que lanzaron una campaña violentísima para suscribir tratados bilaterales de inmunidad para sus tropas y funcionarios con la mayor cantidad de países, al tiempo que forzaban al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a emitir la Resolución 1422, del 12 de julio de 2002. Según esta última, la Corte Penal Internacional -que entró en vigencia el 1° de julio de ese mismo año- no debe iniciar ni proseguir investigaciones o enjuiciamientos de casos relacionados con acciones u omisiones de funcionarios, ex funcionarios, o personal de cualquier estado que no sea Parte en el Estatuto de Roma y aporte contingentes, durante un período de doce meses a partir del 1° de julio de 2002, con posibilidad de renovación cada 1° de julio, por un nuevo período de doce meses.

Para dimensionar cómo procesaron los europeos esta deserción norteamericana al derecho internacional y su desembozada campaña de impunidad, conviene echar una mirada a la Resolución del Parlamento Europeo sobre la Corte Penal Internacional del 26 de septiembre del 2002. En ella, luego de lamentar la Resolución 1422 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y reafirmar su compromiso con la Corte Penal Internacional, los miembros del parlamento Europea advierten que "... los Estados Parte y los Estados Signatarios de la CPI están obligados por el Derecho Internacional a no frustrar el objeto y el propósito del Estatuto de Roma, en virtud del cual, según su preámbulo, 'los crímenes más graves de trascendencia para la comunidad internacional en su conjunto no deben quedar sin castigo' y que los Estados Partes están obligados a cooperar plenamente con la Corte (...) lo que les impide celebrar acuerdos de inmunidad para sustraer a determinados ciudadanos a las jurisdicciones de los Estados o de la Corte Penal Internacional, mermando la efectividad de la CPI y poniendo en peligro su función de jurisdiscción complementaria de las jurisdicciones estatales y de pieza de la seguridad colectiva mundial" .

En dicha Resolución se recordó que el Estatuto de Roma ha sido ratificado por todos los Estados miembros de la Unión Europea como componente esencial del modelo y los valores democráticos de la UE y se solicitó a los Estados miembros que hagan del Estatuto de Roma parte del acervo comunitario. Al mismo tiempo, se advirtió a los gobiernos y parlamentos de los Estados miembros que "se abstengan de aprobar cualquier acuerdo que vaya en detrimento de la aplicación efectiva del Estatuto de Roma" y se amenazó con considerar que "la ratificación de cualquier acuerdo de esta naturaleza es incompatible con la pertenencia a la Unión Europea" .

Los europeos fueron más lejos, haciendo la misma petición a los gobiernos y parlamentos de los países candidatos a incorporarse a la Unión Europea, a los países asociados en la Asociación Euromedi-terránea, a los países del Mercosur, el Pacto Andino y el Proceso de San José. Incluso, solicitaron a los parlamentos de "Rumania, Israel, Tayikistán, Timor Oriental, Honduras, la India, Uzbekistán, Mauritania, Palau, las Islas Marshall y la República Dominicana a que no ratifiquen los acuerdos con los Estados Unidos firmados por sus Gobiernos en virtud del artículo 98 del Estatuto de Roma" .

Dentro mismo del Senado estadounidense se escucharon voces que criticaron duramente la decisión del gobierno norteamericano. El senador Christopher J. Dodd dijo el mismo 6 de mayo: "Estoy profundamente decepcionado por el anuncio hecho público hoy por la Administración Bush respecto de la retirada de la firma del Tratado de la Corte Penal Internacional (CPI). Esta decisión es irresponsable, aislacionista y contraria a nuestros intereses nacionales vitales.

Muchos de nuestros más cercanos aliados han puesto su fe en la filosofía de este nuevo instrumento jurídico. Debiéramos concederles el beneficio de la duda en su empeño por hacer de esta Corte un órgano que fortalezca el respeto internacional hacia el estado de derecho. Hace tan sólo unas semanas, el 11 de abril, los gobiernos se reunieron en Nueva York para celebrar el depósito del instrumento de ratificación del Tratado de Roma número 60, lo que quiere decir que la Corte Penal Internacional será una realidad en julio. En ese momento, insté a la Adminsitración Bush a que no adoptara una línea que nos llevara al enfrentamiento con nuestros mejores amigos y aliados en relación con la Corte. En su lugar, urgí a la administración para que los Estados Unidos se involucraran de manera activa con la Corte Penal Internacional de cara a garantizar que ésta se dote de los más altos estándares de jurisprudencia e integridad. Para mi tristeza, la Administración hizo caso omiso a mi llamada."

La voz de Dodd no fue la de uno más en el senado norteamericano. Es hijo de Thomas J. Dodd, quien se desempeñó como asistente ejecutivo en el Juicio de Nuremberg, donde se castigó a los principales criminales de guerra nazis al término de la Segunda Guerra Mundial. Ese juicio, a consideración del mismo Dodd, "marcó un hito en la lucha por prevenir y castigar los crímenes de guerra y el genocidio, preparando el camino para las Convenciones de Ginebra y la Convención contra el genocidio. También fue en gran medida una iniciativa de los Estados Unidos." Por lo que manifestó su gran decepción al ver que "en cambio, hoy, en lugar de ponernos al frente en la búsqueda de la justicia global, actuamos cortando la autopista hacia tal meta. No les quepa duda, hoy se ha producido un retroceso en la promoción de la justicia global. Hoy se ha producido un retroceso para lo que se supone que América ha de defender."

Muchos dirigentes de la oposición se preocuparon ante esta retirada del Tratado de Roma, porque, de esa manera, los Estados Unidos perdieron una serie de prerrogativas que se autoadjudicaban tales como la de no poder imponer quién ha de ser nombrado como juez o fiscal para la Corte, o la de usar su puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU para remitir situaciones a la Corte como resultado de los crímenes de guerra, genocidio y crímenes contra la humanidad cometidos. También se alertaron porque sus opiniones caerán en oídos sordos cuando pretendan actuar como un supuesto observador imparcial de la integridad de la Corte, al haber denunciado su propósito fundamental.

Como advierte el mismo Bewley-Taylor, "habiendo sentado, pues, este precedente basándose en intereses nacionales, Washington se encontraría en una posición incómoda frente a cualquier deserción de los tratados de control de drogas que tengan argumentos similares" .

Los gobernantes norteamericanos, bajo esta administración de Bush hijo, se han atrevido a ir por más en materia de violación del Derecho Internacional. Una prueba de ello la tuvimos en diciembre de 2001, cuando el Presidente anunció en el Congreso su decisión de romper lisa y llanamente con el Tratado de Antimisiles Balísticos (ABM, por sus siglas en inglés) que había sido firmado en 1972 con la entonces Unión Soviética. El unilateralismo lo lleva a sostener argumentos del tipo: "los Estados Unidos no puede seguir siendo parte de un tratado que compromete nuestra seguridad". Esto porque, de atenerse a él, no podría avanzar como lo viene haciendo en la implementación del sistema de defensa antimisiles, conocido en épocas de Ronald Reagan como el escudo de la Guerra de las Galaxias. El programa de defensa antimisilístico propuesto por Bush comprende el desarrollo de sofisticadas redes de satélites de comunicaciones y espionaje, de radares y plataformas de lanzamiento de misíles capaces de detectar, rastrear y destruir en pleno vuelo su blanco.

Del mismo tenor que esta actitud frente a sus compromisos internacionales, la siempre reiterada negativa de los Estados Unidos a ratificar el Tratado para la Prohibición de las Pruebas Nucleares. Este Tratado fue elaborado durante la Conferencia de Desarme de Ginebra en 1996. Su objetivo es vigilar el cumplimiento del Tratado de No Proliferación Nuclear, y pretende prohibir cualquier explosión nuclear. Con este tratado sucede una paradoja. Ya lo han ratificado más de 90 países de los 165 firmantes, condición bajo la cual cualquier otro documento de este tipo ya hubiera entrado en vigencia.

Otro de los tratados y convenios internacionales que enfrentan a Europa con la posición asumida por los Estados Unidos es el Protocolo de Kyoto. Este fue adoptado en 1997 por la Conferencia de las Partes de la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático y compromete a los países industriales firmantes a reducir la producción de los gases causantes del efecto invernadero, provocados principalmente por la combustión de petróleo, carbón y gas. Entre los científicos es abrumadoramente mayoritaria la opinión que estima que estos gases -especialmente el dióxido de carbono- son los responsables del recalentamiento de la atmósfera, de la destrucción de la capa de ozono y de los consecuentes cambios climáticos en el planeta.

Estados Unidos aun habiéndolo firmado inicialmente y siendo el responsable del veinticinco por ciento de la emisión mundial de dióxido de carbono, se retiró del Protocolo de Kyoto en marzo del 2002. Sus argumentos giraron sobre el cuestionamiento a los fundamentos científicos. Aunque, a la hora de hacer pública la decisión de la administración Bush, el vocero de la Casa blanca, Ari Fleischer dijo claramente que "el Presidente no apoya el Tratado de Kyoto porque el mismo exenta a las naciones en desarrollo del mundo y no favorece los intereses económicos de Estados Unidos" .

La preservación y el mejoramiento de la calidad del ambiente y la salud humana, el fomento del uso prudente y racional de los recursos naturales y la promoción de medidas para enfrentar los problemas ambientales y climáticos a escala regional y planetaria, son a los ojos del gobierno de Bush, aspectos de la política internacional en los que los Estados Unidos no pueden comprometerse porque no favorecen sus intereses económicos.

Como alternativa al Tratado de Kyoto, la administración norteamericana propuso un plan consistente en la reducción voluntaria de tres gases contaminantes, que excluía el dióxido de carbono. La comisaria de Ambiente de la Unión Europea, Margot Wallström, al explicar por qué el bloque de países del viejo continente rechazaba el plan alternativo sostuvo que "hemos calculado que el plan de Bush permitirá a los Estados Unidos elevar su producción de gases en un 33 por ciento".

Por su parte, los ministros de Ambiente de las quince naciones de la Unión Europea, inmediatamente después de hecha pública la negativa norteamericana, acordaron poner en marcha la ratificación del protocolo de Kyoto sobre Cambio Climático, comprometiendo a los estados miembros del bloque a abatir, entre 2008 y 2012, sus emisiones de gases de efecto invernadero a volúmenes ocho por ciento inferiores a los de 1990. De esta forma, tras el retiro de Estados Unidos, las presiones diplomáticas se dirigieron a Rusia, Japón, Canadá y Australia, con el objeto de lograr que el norte industrial se comprometa firmemente en la limitación de la influencia negativa del hombre sobre el clima y avance en respuestas efectivas en la discusión sobre el recalentamiento global. Y no es que para los europeos el tratado no suponga un costo en sus intereses económicos. Por el contrario, según estimó la comisaria Wallström, el mismo será de "0,06 por ciento del producto bruto interno si se adoptan medidas eficientes como el intercambio de derechos de emisión". Aunque alertó que "si se usan mecanismos menos eficientes, el costo ascenderá al 0,3 por ciento del producto bruto interno, pero el cambio climático también cuesta".

Por, último, para ilustrar cómo se mueven los propios Estados Unidos frente a determinados acuerdos, convenciones y tratados internacionales, es bueno no dejar pasar lo ocurrido a finales de diciembre de 2002, cuando bloquearon nuevamente un acuerdo internacional para facilitar el acceso a medicinas a bajo costo a los países en vías de desarrollo, haciendo fracasar las negociaciones que a tal efecto se llevaban adelante en la sede de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en Ginebra, Suiza. Su consecuencia inmediata será que millones de personas de bajos recursos en todo el planeta verán impedido su acceso a medicinas para el tratamiento de enfermedades como la malaria, la tuberculosis o el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, SIDA. Dicho de otra manera, es la condena al suplicio de la agonía de la enfermedad y a la muerte misma de esos millones y millones de personas de países del Tercer Mundo. El argumento, el de siempre: el acuerdo propuesto para fabricar medicamentos genéricos llevaría a desconocer muchas patentes de laboratorios farmacéuticos. Si bien se prevé una nueva reunión para el mes de febrero de 2003, representantes de distintas organizaciones no gubernamentales, entre otras Médicos Sin Fronteras, señalaron a la BBC que creían que no habrá en ella muchas posibilidades de éxito. Su pesimismo se basa en la percepción de la dureza de los negociadores estadounidenses, quienes no vacilan en defender las patentes de los laboratorios por encima de valores tales como la vida o la salud pública.

Esta situación, aunque lateral en la relación entre los Estados en el marco de los aprontamientos para la reedición de la guerra del imperio contra Irak, exhibe por enésima vez, la ratificación de la axiología del capital en su expresión cúspide. El capital ha tenido diversos intérpretes en los últimos siglos. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial su máximo exponente gobierna desde la Casa Blanca; desde Washington. El desconocimiento de los acuerdos previos dentro de la Organización Mundial del Comercio (OMC) respecto de los genéricos, sin retroceder ni un ápice a pesar de que su consecuencia medida en vidas humanas adquiera la dimensión de un genocidio, habla a las claras de dónde edifica el bien común el capital. El bien común para los representantes de la administración norteamericana es, por enésima vez, sinónimo del bien común de las multinacionales farmacéuticas.

Es anticipable que ellas continúen siendo las principales opositoras a los medicamentos genéricos, debido a que estos remedios no pagan las patentes medicinales. El principio de permitir a los países pobres desarrollar versiones más baratas de fármacos fue acordado por representantes de países miembros de la OMC en la reunión de Doha en 2001. Así, los intereses de un sector de la industria norteamericana asociada al capital trasnacional vuelven a estar por encima del acuerdo que en materia de genéricos habían alcanzado 143 países. De esta manera, no sólo se vieron frustradas las expectativas de quienes estaban convencidos que "íbamos a conseguir la unanimidad" y que, como el representante de Canadá, Sergio Marchi, debió "confesar que no hay azúcar que pueda endulzar esta píldora de amargura" , sino que, fundamentalmente, quedan al descubierto los alcances y el verdadero "valor" que tienen los acuerdos internacionales para las administraciones norteamericanas.

Esta descripción del comportamiento de la actual administración norteamericana en la escena internacional se ocupó exclusivamente de lo referido a los Convenios y Tratados Internacionales, dejando de lado deliberadamente la abierta y desembozada actitud beligerante de la primera potencia mundial. Tema que en el viejo continente produce fracturas importantes en todos los segmentos políticos y sociales. Un ejemplo de ello es el debate en torno a la inminente guerra de los Estados Unidos contra Irak. En Europa no todos los discursos de la intelectualidad "progresista" apuntan en la misma dirección. Las voces de quienes recomiendan acompañar la iniciativa belicista de Bush en Oriente Medio se superponen con las de quienes intentan que sus gobiernos adopten una posición de inflexibilidad frente a la prepotencia imperial. Por una parte, un historiador del Saint Anthony's College de Oxford, como Timothy Garton Ash, sugiere a los europeos que harían "mejor en dedicar nuestro tiempo a pensar en cómo complementar y mejorar" un supuesto proyecto wilsoniano para reestructurar Oriente Medio y derramar democracia y progreso no sólo en Irak sino también en Arabia Saudita.

Por otra, variados núcleos de intelectuales europeos no vacilan en denunciar esta mezcla de negocios privados de la familia Bush con el poder desmedido de los Estados Unidos en la escena de la política internacional. Entre otros el premio Nobel de Literatura 2001, el novelista, poeta, ensayista y artista alemán Günter Grass, quien, en relación al actual presidente de Estados Unidos, George Bush, sostuvo que "me parece un peligro, una amenaza para la paz mundial. Me hace acordar a uno de esos personajes de las obras históricas de Shakespeare cuya única ambición era pararse frente a su padre, el viejo rey depuesto, y decirle: 'Mira, terminé con la tarea que dejaste inconclusa'. Bush hijo está decidido a poner fin a la primera Guerra del Golfo lanzando una nueva. Y está inspirado en razones privadas y familiares; está motivado por compulsiones hereditarias. Los intereses económicos de la familia Bush también inciden. La familia está muy involucrada en el negocio petrolero. Los intereses políticos y las aspiraciones económicas, por lo tanto, están profundamente arraigadas en su grito de guerra contra Irak" -sostuvo en recientes declaraciones a la prensa.

Felipe González, el ex presidente del gobierno español; aquel que no vaciló en arrojar las viejas banderas del socialismo ibérico para sumar a España a la OTAN en pleno auge del neoliberalismo; Felipillo, a quien a nadie se le ocurriría en su sano juicio de acusar de antimperialista, incluso él, opina sobre las desventajas que arrastra el rumbo elegido por Washington. "Cuando esto se aclare (los orígenes y alcances de la amenaza terrorista) -vaticina-, se verá cómo es más necesaria que nunca la cooperación internacional entre Estados, la estrategia multilateral que se está menospreciando, cuando no negando abruptamente, con el desarrollo de la política unilateral de gran potencia hegemónica y exclusiva."

Es Ramonet también quien advierte que estamos ingresando en la fase armada de la globalización , la resistencia del neoliberalismo a retirarse pacíficamente, una vez agotado como ciclo histórico. Fase armada que, en su impunidad verborrágica, ha definido un eje del mal a escala planetaria y otro a escala hemisférica. El primero, una vez arrasado el Afganistán de los talibanes, estaría constituído por los invisibles hilos que atan Irak a Iran y, a ambos, con Corea del Norte. La posibilidad de que se instale un eje del mal en las Américas, por su parte, le fue advertida a George Bush (h) por Henry H. Hyde, presidente de la Comisión de Asuntos Internacionales de la Cámara de Diputados norteamericana, en una carta en la que supuestamente analizaba las consecuencias para su "América" que traerían aparejados los resultados de la primera vuelta en la elección de principios de octubre del 2002 que acababan de realizar los brasileños. Para Hyde, Luis Ignacio Lula Da Silva, Fidel Castro y Hugo Chávez constituyen ese nuevo "eje del mal en las Américas" .

Se trata del mismo olor a petróleo de la política de desestabilización contra el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela. Estados Unidos apoyó desembozadamente el golpe de Estado del 11 de abril de 2002 contra el gobierno legal de Hugo Chávez, en abierta complicidad con la oligarquía caraqueña, dando por descontado que se saldrían con las suyas. Por suerte para América Latina, en Venezuela se vio en la obligación desandar su postura anacrónica ante el alineamiento de la mayoría de los gobiernos a la letra de la declaración aprobada por los países de la OEA de acuerdo con las exigencias de la Carta Democrática firmada el 11 de septiembre de 2001 en Lima. Mismo 11 de septiembre en que ambas Torres Gemelas eran derrumbadas en Nueva York y en uno de los laterales del Pentágono se jugaba la vulnerabilidad fáctica del Imperio.
 

Las Convenciones Internacionales sobre Estupefacientes
En la introducción al contenido del ya citado N° 5 de Drogas y Conflicto se recogen las opiniones vertidas por los miembros del Comité de Investigación sobre Asuntos Internos de la Cámara de los Comunes del Reino Unido en el Informe La política de drogas del gobierno, ¿está funcionando?, en el que se puede leer que sus integrantes creen "... que ya es hora de que se reconsideren los tratados internacionales". Y en el que se insta al gobierno inglés a iniciar "... una discusión dentro de la Comisión de Estupefacientes sobre formas alternativas -incluyendo la posibilidad de legalización y regulación- de abordar el dilema global de las drogas" .

Para contar con mayores márgenes de acción dentro de las actuales reglas de juego, los países signatarios de las convenciones de estupefacientes podrían apelar, como una de las principales opciones analizadas por Bewley-Taylor, a la reclasificación de las sustancias permitida en el artículo 3 de la Convención de Sustancias Psicotrópicas de 1971. Al analizar estudios anteriores, recoge las observaciones que hiciera la Liga Internacional Antiprohibicionista en 1994, sobre el cannabis y la resina de cannabis, "... la Comisión (de Estupefacientes) podría eliminarlos de las listas de la Convención Única, y retirarlos efectivamente del control instituido por esta Convención respecto a las drogas..." . Aunque él mismo advierte que los Estados Unidos cuenta en el caso de la reclasificación de las sustancias, con varias posibilidades de bloqueo que harían muy dificultoso maniobrar al interior del actual régimen de control internacional de drogas.

Por ello, Bewley-Taylor indaga otras dos opciones. La primera es la que una serie de países retiren su consentimiento sobre los tratados entregando una denuncia por escrito al Secretario general de la ONU, tal como lo habilitan el artículo 46 de la Convención Única de 1961, el artículo 29 de la Convención de 1971 y el artículo 30 de la Convención de 1988. "La denuncia abriría sin embargo algunas posibilidades interesantes -sostiene-. Si un grupo convincente de países de Europa, Asia Austral y América Latina, por ejemplo, se unieran para denunciar uno o todos los tratados, el eje ONU-EEUU podría perder mucha de su potencial influencia. Los 'denunciantes' podrían sentirse protegidos por la cantidad. Paradójicamente, al intentar abandonar el régimen, este grupo puede ser capaz de generar una masa crítica lo suficientemente sólida para iniciar un cambio en el régimen, y crear de este modo, dentro del actual sistema, algún espacio para un movimiento a nivel nacional. El aparato de la ONU y EEUU podrían mostrarse más receptivos a modificaciones o a enmiendas de los tratados si percibieran que tal concesión serviría para evitar la destrucción del sistema de tratados existente."

Si bien es cierto que la denuncia de los Tratados por parte de un número importante de países debilitaría considerablemente el sistema de control internacional de drogas, es improbable que se arribe a ella en el actual contexto de prepotencia imperial. Por ello, Bewley-Taylor ubica en este punto una alternativa planteada por Peter Webster basada en la observación hecha por este sobre lo que denominó como una laguna importante en los tratados. Como señala Webster, el Informe Mundial sobre las Drogas del PNUFID (1997) afirma que ninguna de las: "... tres Convenciones internacionales sobre drogas insiste en establecer el consumo de drogas en sí como un delito punible. Solamente la Convención de 1988 exige claramente a las partes establecer como delito la posesión, compra o cultivo de drogas controladas para fines de consumo personal, no medicinal, a menos que esto vaya en contra de los principios constitucionales y de los conceptos básicos de sus sistemas legales". El énfasis es de Bewley-Taylor y apunta a destacar el margen de acción con que contarían aquellos países cuyas cortes supremas de justicia declararan inconstitucional la prohibición de una droga en particular o de una serie de ellos. La referencia de Webster sobre la importante laguna se refiere a que sería absolutamente legítimo dentro del marco de la propia reglamentación de las Convenciones que aquel país que apelara a este procedimiento se liberaría de las limitaciones a las que los someten los Tratados Internacionales.

Muchas son las voces que vienen denunciando desde hace muchos años que la prohibición entraña de por sí, al encuadrar como un delito la posesión de estupefacientes aunque fuera para consumo personal, una gravísima violación a los derechos humanos. En esta línea argumental estuvo sustentada la intervención de Silvia Inchaurraga en representación de la Red Latinoamericana de Reducción de Daños (RELARD), de la que es su Secretaria Ejecutiva, en oportunidad de la Sesión Especial sobre Sida de la Asamblea de las Naciones Unidas, realizada en Nueva York el 25 de junio de 2001, cuando advirtió que "si coincidimos en que el respeto a los derechos humanos reduce la vulnerabilidad al VIH/SIDA, no podemos desconocer a los usuarios de drogas y cómo el VIH/SIDA los afecta. No podemos desconocer que más del 22 % de la población mundial con VIH/SIDA se inyecta drogas. Ni hasta qué punto las condiciones en que las personas consumen drogas las expone incluso en ocasiones a mayores riesgos y daños que los que pueden causar las drogas. Condiciones de desinformación, pobreza, desigualdad, ilegalidad, encierro, estigmatización, criminalización."

La última de las estrategias que examina Bewley-Taylor es la de ignorar los tratados. Aunque señala que esta opción viene ganando adeptos entre los promotores de la reducción de daños de distintos países en los últimos tiempos, advierte que "un desconocimiento de los tratados sacaría a la palestra temas serios que están más allá de la esfera del control de drogas. La posibilidad de que algunas naciones ignoren unilateralmente los compromisos de los tratados de control de drogas podría amenazar la estabilidad de todo el sistema de tratados. Como consecuencia, los Estados podrían mostrarse cautelosos con esta opción."
 

Y después de la prohibición ¿qué?
Si bien se han editado distintos procedimientos para la regulación legal de las drogas, el debate sobre los mismos, así como su análisis en profundidad no han abundado. Las urgencias de los daños ocasionados por la prohibición acaparan la atención de los antiprohibicionistas, privándolos del tiempo y las energías que demandarían dicho debate y análisis. Sin embargo, para bien de muchos, hay quienes vienen preocupándose de ese día después de la prohibición. La gente nucleada en el European NGO Council on Drugs and Development (ENCOD) ha publicado en el despacho de agoto de 2002 una propuesta del psiquiatra de la Municipalidad de Ámsterdam y miembro de la Fundación de Política de Drogas de Países Bajos Frederick Polak, quien describe en un breve artículo los posibles escenarios para un régimen en que las drogas fueran comercializadas, una vez que haya terminado la prohibición.

Parte de un diagnóstico certero sobre la imposibilidad del sistema de prohibición global de las drogas de superar o la percepción generalizada de que atraviesa un irreversible proceso de pérdida de credibilidad. Ello debido, principalmente, al hecho de que el comercio ilegal de drogas, su producción y tráfico, su uso y su abuso han aumentado integralmente en lugar de disminuir, a pesar del recrudecimiento de las medidas represivas en todos los campos, particularmente al interior de los propios Estados Unidos.

Dicha percepción sobre lo irreversible de este proceso, tiene su correlato discursivo en la sentencia realista que sostiene que la guerra contra las drogas no puede ganarse. "Se trata de una empresa que se perpetúa a si misma, que causa enormes daños a escala global -sostiene Polak-. Esta crítica está definitivamente alcanzando a las altas esferas de los gobiernos oficiales de muchos países, pero abiertamente, la mayor parte de los políticos no se atreven a retirar su apoyo a la prohibición, porque no saben como reaccionar a las acusaciones por ser 'blandos con las drogas'."

Es conocida la carencia de fundamentos científicos de los Convenciones Internacionales sobre Estupefacientes. Desde sus orígenes, la prohibición ha estado más sujetada a condicionantes morales, religiosos, políticos y económicos que a la observancia de rigurosos estudios científicos que la validaran. De hecho, se la estudie desde donde se la estudie, la prohibición no resistiría el menor análisis científico ya que los daños por ella ocasionados son en todos los campos infinitamente mayores que los que supuestamente intenta prevenir. A pesar de esta carencia de origen, cada vez que se quiere introducir una mínima o parcial modificación en las legislaciones nacionales sobre la políticas de drogas, se exige su sumisión a incontrastables exámenes científicos. Esto siempre y cuando dichas modificaciones no sean más de lo mismo; esto es, la profundización de las medidas represivas, las que siempre están exceptuadas de tal fundamento.

Aunque impedidos por la mera existencia de los tratados y convenios internacionales a abandonar abiertamente el discurso prohibicionista, la mayoría de los países desarrollados han adoptado políticas de drogas basadas en los principios del modelo de la reducción de daños. La JIFE (Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes) protesta y reclama en sus informes anuales contra estas políticas sanitarias, sociales y descriminalizadoras (tales como la dispensación de heroína, los tratamientos de sustitución, las salas de consumo, los coffee shops). Protesta y reclamo que se sostiene en que dichas políticas infringen la interpretación oficial de las Convenciones Internacionales sobre Estupefacientes de la ONU. Sin embargo, estas protestas y reclamos, el rito de su producción con toda la parafernalia que rodea la presentación de los informes anuales de la JIFE, se han venido evidenciando como inútiles e inoperantes, careciendo de un poder de impacto verificable, más allá de que algún político de derecha los azuce en sus diatribas electorales. La ineficacia de estos reclamos y protestas reconoce un origen más elemental: "las prácticas que la JIFE considera nefastas, han probado ser superiores en su efecto sobre la salud pública". Aquí cabe recoger la pertinente observación de Polak sobre la JIFE, que recuerda que a este organismo "ello no le parece importar, porque su tarea está restringida al control de la implementación de los convenios internacionales. Los efectos sobre la salud pública de las diferentes políticas de drogas simplemente no son de su interés."

Por nuestra parte, desde América Latina en general, y desde Argentina, en particular, no podemos concluir un análisis del comportamiento de los Estados Unidos con relación a los tratados y convenios internacionales sin hacer mención al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) o Pacto de Río. Creado en las postrimerías de los años '40 bajo el discurso de la seguridad hemisférica y los comienzos de la Guerra Fría, definía la agresión de un país extracontinental contra uno de sus miembros como una agresión contra todos ellos. Si bien su función nominal era la de preservar a todo el continente americano de una agresión externa; su función real era la de defender los intereses norteamericanos en su patio trasero en caso de darse una supuesta agresión desde el bloque de países del socialismo real.

Los argentinos no nos olvidaremos nunca de la actitud de la administración norteamericana cuando, en plena Guerra de Malvinas en 1982, al invocar la protección del TIAR, desde la Casa Blanca la negaron porque la flota británica -armada de un enemigo extracontinental-, no era para ellos una flota enemiga sino la de un aliado estratégico. En aquella oportunidad, los argentinos vivimos en carne propia las consecuencias que arroja en nuestra gente el desconocimiento de los tratados internacionales de defensa hemisférica por parte de los Estados Unidos. Es más, contemplamos cómo los satélites norteamericanos pasaban información de los movimientos de las tropas argentinas a la flota de la Reina, influyendo directamente en el desarrollo del conflicto. Una vez más, primaron los intereses norteamericanos y de sus aliados por encima de los otros integrantes de un acuerdo internacional multilateral.

¿Por qué no hacérselos sentir a ellos cuando se tratan los temas que les inquietan? En otros contextos es legítimo que primen otros intereses. El caso de la cuestión drogas es un ejemplo paradigmático.
De todas maneras, la constatación práctica de que la observancia de las Convenciones Internacionales sobre Estupefacientes es insuficiente e ineficaz para contrarrestar el tráfico de drogas ilícitas, su producción y comercialización, tanto como su uso y circulación social, ha favorecido tanto la extensión de un pensamiento más racional sobre la políticas de drogas cuanto la propagación de la resistencia a la Guerra contra las Drogas.

Esto permite prever, a criterio de Polak, una situación que puede desembocar en dos escenarios posibles: o bien se avanza hacia una renegociación substancial que enmiende los convenios internacionales sobre drogas en los que están basadas las legislaciones de la mayoría de los países, o se producirá tal erosión de los convenios que simplemente perderán su relevancia en la práctica cotidiana de las sociedades desarrolladas.

Es por ello que Polak plantea la necesidad de prepararnos "para la necesaria introducción de regímenes reguladores formales y legales para las drogas que dejaran de estar prohibidas" . Propone un resumen de las opciones para la regulación legal, en la que analiza tres sistemas con sus consecuencias esperadas: prescripción médica, accesibilidad regulada para adultos, y una combinación de ambos sistemas, seguida por un escenario en dos pasos, a través del sistema mixto de accesibilidad controlada. Sus objetivos apuntan tanto a contribuir a reducir los temores que un cambio drástico de las políticas de drogas ocasionaría entre decisores políticos y la opinión pública, cuanto a demostrar que "el pensamiento informado y crítico puede llevar a la convicción que la legalización de drogas es factible, y que existen varias opciones con mejores perspectivas que la prohibición" . Destaca en su análisis el intento de calcular de manera realista tanto las consecuencias positivas cuanto las negativas de cada una de estas opciones. En este sentido, en los distintos escenarios los beneficios van desde la garantía de los usuarios de drogas más problemáticos de acceder a sustancias de calidad, a cuidado médico y a la seguridad social, por un lado, hasta el evitar que requieran de actividades criminales para adquirir las drogas, avancen en el control de su propio consumo individual, donde el sistema de referencia de prescripción médica actuaría de salvaguarda de la vulnerabilidad individual.

Ninguna de las tres opciones es una panacea, aunque cualquiera de ellas reduciría claramente los costos humanos, sanitarios y sociales de la prohibición. Es difícil imaginar cuál será finalmente el mejor camino hacia la regulación legal. Aunque es evidente que en los países desarrollados los partidarios de la disponibilidad legal bajo prescripción médica de las sustancias hoy ilegales con un serio riesgo de dependencia vienen ganando el necesario apoyo no sólo entre los expertos en adicciones y los profesionales de la salud, sino también entre los políticos. También ganan terreno quienes sostienen la opinión de que los potenciales riesgos de salud deben interpretarse como argumentos para la regulación legal y no para la prohibición que los invisibiliza a nivel individual.

Abril de 2003 no es cualquier fecha para los antiprohibicionistas europeos. Una fracción organizada de ellos se viene preparando desde hace tiempo. Arribará a la reunión de Viena de la mano de la Coalición Internacional por una Política Justa y Eficaz (ICN), en la que convergen desde organizaciones de campesinos, expertos en salud, usuarios y ciudadanos de más de treinta países. Arribará a la reunión de revisión de mitad de periodo de los resultados de la Sesión Especial sobre Drogas de la Asamblea General de las Naciones Unidas de junio de 1998 en el marco de una campaña cuya consigna central es: "Viena 2003: Una oportunidad para el mundo".

No llegarán solos. Lo harán acompañados de parlamentarios, expertos académicos, ex-ministros y otras personalidades, quienes junto a las organizaciones no-gubernamentales de todo el mundo -que a diciembre de 2002 sumaba a más de ciento treinta- presionarán a los participantes de la reunión de Viena para que, de una vez por todas, abandonen la perniciosa ilusión de un mundo libre de drogas. Lo harán con el objetivo compartible de no desaprovechar esta oportunidad para mejorar las condiciones de vida de millones de personas en el mundo. De no desaprovechar esta oportunidad para que los esfuerzos represivos de los Estados participantes de la reunión de revisión de mitad de periodo de los resultados de la UNGASS de 1998 cesen de recaer sobre la población de usuarios de drogas ilegales y se dirijan básicamente a atacar el gigantesco imperio financiero que, con la connivencia de las principales potencias del planeta, blanquea anualmente en el sistema financiero internacional cifras superiores a las del tráfico ilegal de armas.

Si uno echa un vistazo a las organizaciones firmantes del Manifiesto "Por una Política de Drogas Justa y Eficaz" de la ICN, percibe cómo se ha ido incrementando en los últimos años el universo de organizaciones partidarias de la reforma de la legislación de drogas. Muchas de ellas, incluso, fervientes defensoras de la legalización lisa y llana.
Como vemos, si bien quedan abiertas aun las distintas alternativas por donde se transitaría hacia esa regulación normativa, quienes sostenemos en diferentes regiones del globo -parafraseando a los organizadores del Foro Social Mundial- que "Otra política de drogas es posible" no nos quedamos en la denuncia del fracaso y los estragos de la prohibición, sino que nos aventuramos hacia otros escenarios, hacia el día después.

Buenos Aires, enero de 2003.

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